Azul. Darío, Rubén

Azul… en 1888 fue un grito revolucionario con el que Rubén Darío inauguró el Modernismo. «Es una obra —dijo él mismo— que contiene la flor de la juventud, que exterioriza la interna poesía de las primeras ilusiones y está impregnada de amor.»
En efecto, Azul… no sólo proclama una concepción del arte y de la vida, sino que, además, la hace palabra. Y ésta, y su ritmo y armonía, se convierten en revelación de un mundo superior regido por la música en un mundo superior regido por la música en un espacio que eleva la existencia.

La originalidad de Azul radica, entre otras cosas, en la atracción de elementos estéticos y de estilo desde otras literaturas y culturas, especialmente de Francia. Esto permite que los poemas y cuentos se enriquezcan con un amplio vocabulario y variadas imágenes, lo que determina un particular estilo del texto. Eduardo de la Barra se refirió a esta obra de la siguiente manera: “Son, en verdad, estilos y temperamentos muy diversos, mas nuestro autor de todos ellos tiene rasgos, y no es ninguno de ellos. Ahí precisamente está su originalidad. Aquellos ingenios diversos, aquellos estilos, todos aquellos colores y armonías, se aúnan y funden en la paleta del escritor centroamericano, y producen una nota nueva, una tinta suya, un rayo genial y distintivo que es el sello del poeta. De aquellos diferentes metales que hierven juntos en la hornalla de su cerebro, y en que él ha arrojado su propio corazón, al fin se ha formado el bronce de sus Azules (…) Su originalidad incontestable está en que todo lo amalgama, lo funde y lo armoniza en un estilo suyo, nervioso, delicado, pintoresco, lleno de resplandores súbitos y de graciosas sorpresas, de giros inesperados, de imágenes seductoras, de metáforas atrevidas, de epítetos relevantes y oportunísimos, y de palabras bizarras, exóticas aun, mas siempre bien sonantes”.